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Ni alto ni bajo, ni grueso ni escaso de carnes, ni feo ni guapo. A un
cuerpo normal, sin dotes de extraordinario relieve, le cupo en suerte una buena
alma; de la que resultó un hombre bueno: sencillo en el trato, sin doblez ni
mentira, fiel a la palabra, trabajador incansable, amigo del campo, del aire y
de la luz, de las aves que cantaban en torno suyo en el ramaje de los árboles
confiándole sus nidos, de los animales de carga y laboreo que le ayudaban a
preparar la mesa del Señor, y hasta de los reptiles y alimañas, siempre
fugitivas del hombre, pero que de él no esperaban nada malo. Era un hombre
bueno: cumplidor de su deber en la casa, en la calle y en el templo; con la
mujer y su hijo, con las gentes de la vecindad y del pueblo, y, sobre todo, con
Dios; amigo de pocas palabras, pero generoso de acciones, consolador de penas,
aliviador de males, dadivoso en limosnas, maestro en el buen consejo y, en las
quiebras de la paz, un sembrador de amor. Un hombre bueno: duro un tanto
consigo, blando con todos, piadoso con Dios, compasivo con los enfermos a la
cabecera de sus camas y lámpara de caridad que, ardiendo, de hinojos, clavadas
las rodillas en el suelo, consumía las horas ante sus cadáveres, desgranando
largos rosarios en sufragio de sus almas. Un hombre bueno: modelo de virtudes,
de acrisolada honradez, profeso franciscano desde su mocedad, que se ufanaba de
llevar colgado el escapulario al pecho y de ceñir su cinto con el cordón, y
clavado a las carnes un cilicio de mortificación, y escondiendo bajo su larga
capa los cordeles con que se latigaba en las tardes penitenciales de Cuaresma;
pero de una piedad alegre, madrugadora en invierno y en verano, siempre viviendo
el día antes que el sol y ganando a las aves en loar las alabanzas al Señor y,
con la simplicidad de una criatura infante, dando golpes a la piel del bombo con
el mazo de cuero, despertando los cuerpos dormidos y las almas aletargadas al
conjuro de la voz de Dios, en el alba mañanera del Rosario de la Aurora.
Así era el hombre --Vicente Soria Pons-, que conoció la ciudad de Oliva a lo
largo de más de cuarenta años de vecindad, pues que en ella nació el 9 de enero
de 1844 y en ella vivió ininterrumpidamente hasta el noviembre de 1887; en ella.
casó con Vicenta Catalá Muñinos el 6 de julio de 1867, y de ella tuvo nueve
hijos, el segundo de los cuales -el padre Miguel, sacerdote y religioso
franciscano-, nacido el 11 de mayo de 1870, fue el único que alcanzó larga vida,
pues sus restantes hermanos murieron en la más tierna infancia.
EL LABRADOR
Su profesión de mozo, casado y viudo, fue la de labrador, agricultor de tierras
propias, que si, en aquel tiempo, no daban para acumular riquezas, sí le
proveían de holgado sustento. No alquiló sus brazos, ni derramó sudor sobre
campo ajeno; pero los suyos propios -extensas tierras de secano y regadío los
cultivó por su propia cuenta, en intensas jornadas de sol a sombra y, a veces,
de sol a sol, con la ayuda del azadón y de una acémila de carga y arado y la
aportación de su mujer, de su hijo, de parientes o braceros en las temporadas de
siembra y recolección. Cumpliendo el mandato divino, ganó el pan con el sudor de
su frente. La índole de su trabajo así lo requería.
Cumplida la primera misa, que se celebraba en la iglesia de San
Roque, antes de amanecer, y a la que nunca faltó Vicente, preparaba la
caballería y se iba al campo hasta el atardecer. Allí yantaba a sus horas, en
las que daba un breve descanso a sus músculos y, entre bocado y bocado, daba
gracias a Dios de ese alimento, de ese pan de cada día que la Providencia
ponía en sus manos, y aguardaba anhelante el sonar de las horas en que,
enderezando su encorvada espalda, miraba a lo alto, fijaba sus ojos en el cielo
y rezaba un saludo de avemarías a la Virgen viajera, peregrina del Pilar de
Zaragoza. Esperanzado en Dios, confiado como buen hijo en sus brazos, todo lo
esperaba de El y jamás salió defraudado. El bregar diario; las inclemencias del
tiempo, la dureza de la tierra; los tropiezos de las caballerías, la indolencia
de las mismas y el atasco de los carros no destemplaban su ánimo. Sereno, solía
exclamar: "¡Todo sea por amor de Dios!". Y llegándose a la caballería, o la
hacía, arrancar con palabras de dulzura o con caricias de sus manos. Sus
animales no conocieron el látigo ni el iracundo vocablo de la blasfemia. "Mira,
Miguelito -decía a su hijo cuando le daba una fruta de sus árboles-, ¡cuán
sabroso es el don de Dios!"... El don de Dios era muy sabroso para un paladar
tan enamorado como el suyo. Sólo en las vísperas de fiesta o de domingo, a las
doce del día, al oír el volteo de campanas, dejaba las faenas para ordenar su
casa, de forma que al día siguiente no necesitara levantar una paja. Los demás
días era el sol en su ocaso el que le anunciaba el regreso al hogar. Andaba el
camino y, al toque del Angelus, parábase, y destocado, con el sombrero aún
sudoroso entre las manos y éstas sobre el pecho, saludaba reverente ala Madre de
Dios. A Dios le complacía este cristiano vivir de su siervo, y, largo en
generosidades, derramaba sobre él su favor divino, que, con frecuencia, tenía
todas las señales del prodigio, del milagro, de la mano de Dios por encima de
los fenómenos naturales. Es por ello que, a pesar de la sencillez, de la casi
vulgar existencia que llevaba, el conocimiento de estos hechos, para todos
inexplicables, le sumó el respeto y la veneración de sus conciudadanos.
CASADO, PADRE Y VIUDO
Había llegado a la edad oportuna para contraer matrimonio, cuando conoció a una
muchacha, dechado de virtudes, suave y hacendosa, recatada y piadosa, bella, con
una belleza interior que se daba cita y tenía expresión en la luz de sus ojos y
en la pureza de su rostro. Tras un noviazgo ejemplar y casto, a antigua usanza,
en que cada día se amaban más, porque más cerca se hallaban del altar y de la
bendición de Dios, contrajeron matrimonio. Formado el hogar, Vicente lo organizó
a la medida del de Nazaret: centro de trabajo y oración, con los ojos puestos en
la Sagrada Familia de Jesús, María y José.
Parcos en el dormir, aventajaban al sol todos los días, que amanecía cuando
ellos estaban de vuelta enseñoreaba todo, encendían la luz para alumbrarse, al
tiempo que Vicente exclamaba: "Alabado sea Dios". Contestando Vicentita: "Sea
por siempre bendito y alabado". Y de regreso de misa, él desayunaba y salía al
campo, mientras su mujer quedaba con los hijos, atareada con las mil cosas de la
casa, a no ser que alguna vez también ella compartiera los trabajos de la
recolección o le fuera a llevar la comida del mediodía. Jamás probaron bocado
sin pedir la bendición de Dios sobre aquellos bienes tan largamente prodigados
por la Providencia divina. Pero precisamente por este convencimiento del don de
Dios, eran ellos también generosos con los mendigos que tocaban a su puerta,
hasta quedarse sin un céntimo por atender necesidades ajenas; como en el caso de
los treinta duros para la operación de un niño enfermo, que el Señor se los
devolvió regalándole un potrillo para su ayuda: don de Dios, subida recompensa,
fineza del cielo.
A
diario se rezaba el Santo Rosario en casa, por muy avanzada que andara la noche.
La gente, junto al fuego en invierno; pero él, de rodillas, encaramado a un
tramo de escalera. Cualquier visita que llegara en esos momentos debía esperar
el final del rezo, Los domingos eran dedicados plenamente a Dios, y los ayunos y
abstinencias eran guardados con exactitud y con verdadero espíritu penitencial.
Casi todas las noches, después de atender a su familia, aún Vicente peregrinaba
por las casas de la población solicitado por los familiares de los difuntos,
para dirigir un largo rosario de sufragios, que rezaba siempre de rodillas.
Pero su mayor preocupación la reservaba para su hijo Miguel. En el orden
físico, haciendo lo imposible por salvar su vida, la única de su numerosa prole
que, aunque muy falta de salud, parecía prolongarse desafiando los años;
procurando primero que el sol, el campo y la Naturaleza vigorizaran su cuerpo, y
luego, aunque con sensible retraso, eligiendo las mejores escuelas y maestros
para iniciar y desarrollar los conocimientos del saber. En el orden espiritual
fueron ellos, sus padres, los que cuidaron su formación. Es el mismo padre
Miguel quien, en sus notas autobiográficas, escritas en 1915, nos da a conocer
el cúmulo de enseñanzas cristianas, de sublimes consejos, que su padre le daba,
conduciéndolo de la mano, material y espiritualmente, por los caminos de la
piedad, hasta verlo vestir el hábito franciscano y subir al altar, ordenado de
sacerdote.
Era Vicentita, su esposa, mujer que, en los dieciocho años de matrimonio, no
gozó de buena salud, pero tampoco se vio en la precisión de guardar cama muchos
días. Se ha dicho, y así parece, que padeció una dolencia, de la que sus hijos
fueron víctimas, falleciendo a poco de nacer; pues el mismo Miguel hubo de
luchar mucho hasta superar la crisis. Contaba éste quince años cuando su madre
enfermó gravemente. Desde el primer instante la enfermedad anunció la muerte.
Nada le faltó, ni médicos, ni cuidados, ni medicinas. Día y noche estuvo su
marido pendiente de ella. En el trance final, Vicente acompañó al Señor, que iba
a su casa en prenda de viático para el cielo. Mientras, Vicentita, vestida con
el hábito franciscano, se hizo trasladar al suelo, sobre un simple colchón,
donde, humilde, quiso recibir al Señor y el abrazo de la Hermana Muerte. Desde
ese momento, Vicente quedó de rodillas a su cabecera, dándole a besar el santo
crucifijo y encomendando su alma, y al pronunciar las palabras: "Que San Pedro
te abra las puertas del cielo", Vicenta expiró en sus brazos y entregó el alma
al Señor. Hubo, por qué no, lágrimas a su muerte, pero, sobre todo, sufragios.
Vicente multiplicó sus oraciones y penitencias, hasta que, a los pocos días,
tuvo constancia de que el alma de su mujer gozaba de Dios.
La muerte de su mujer, para un espíritu como el suyo, fue punto de partida para
un vuelo rápido hacia un estado de perfección. Pronto pensó en hallar un puesto
de trabajo, no de egoísta reposo, en un convento. No es que le faltaran en casa
los servicios necesarios, pues tanto su madre como sus hermanas se hicieron
cargo de todo, de forma que, a este respecto, no se notaba la ausencia de su
mujer. Eran planes que elaboraba de acuerdo con Dios. Sólo el hijo podía ser un
obstáculo, y éste, Dios lo allanó despertando en él una fuerte vocación
religiosa, a la que respondió con dan sí heroico para toda la vida. Durante el
tiempo en que el hijo se preparaba intelectualmente y el padre maduraba sus
planes, Vicente no dejó el campo ni sus quehaceres de labrador, fue el modelo de
una entrega a Dios. Por fin, dejó los bienes al cuidado de sus hermanos, y a los
tres meses de la marcha de su hijo, también él ingresó en religión, en el
serrano monasterio franciscano de Santo Espíritu del Monte.
ASÍ ERA: EL FRAILE
DE HERMANO DONADO, A FRAILE PROFESO
Era el mes de noviembre de 1887 cuando Vicente Soria entraba en la comunidad
franciscana; sin embargo, no inició su noviciado hasta el 29 de mayo de 1890,
dos años y medio después de entrar al servicio de la Orden. El humildísimo Fray
Humilde, que éste fue su nombre en religión, no se creyó digno de ser un
religioso profeso. Gozaba con ser el último de la comunidad y el primero en el
trabajo; de este modo no pasaría nunca de ser el más siervo de los siervos de
Dios. Pero tras un período de permanencia en Santo Espíritu, su santa vida, su
perfecta disciplina y su extraordinaria ejemplaridad, hizo que los superiores lo
enviaran a la reciente fundación del eremitorio de Santa Ana, de Onteniente,
donde ya esperaban su cuidado los campos y los animalitos del corral.
Precisamente, como encargado de la manutención de las gallinas, un día que
carecía de salvado y de cualquier otra cosa que darles, fue al superior, que era
el chispeante padre Felipe, y se lo dijo. Este le contestó: "Pues tome ceniza,
amásela y déla a las gallinas". El hermano fue al fogón de la cocina, llenó los
pozales de ceniza, les agregó el agua, amasó el contenido y lo dio a las
gallinas. Terminado su cometido, volvió al superior y le dijo: "Se han comido la
ceniza con mucho apetito". El padre Felipe, que no era ningún tonto, comprendió
el riesgo y esperó verlas morir de un momento a otro. No fue así. Jamás se
portaron más vivaces, más cacareadoras y más generosas en la puesta de huevos.
Ante obediencia tan ciega, el superior se guardó, en adelante, de no bromear con
sus mandatos. A éste siguieron otros muchos hechos de heroica virtud, en que la
extraordinaria intervención de Dios parecía evidente. El ejemplo cundió por los
conventos, y la gente subía al eremitorio sólo por ver al santo. Ante tanta
ejemplaridad, los superiores decidieron, pese a su humildad, que hiciera el
noviciado y profesara la regla de la Orden Y la santa obediencia le llevó a los
votos, tras un edificante año de prueba, el 29 de mayo de 1891.
EL FRAY HUMILDE
Como lo quiso de nombre, así lo fue de hecho. Pocos son los religiosos de la
Orden de quienes las crónicas relatan sus vidas, que, en este aspecto, se pueden
comparar con nuestro siervo de Dios. Fue su humildad profundísima,
auténticamente sincera, y ella es la que le llevó al ejercicio de una obediencia
heroica y de una pobreza extrema, vividas con alegría y buen ejemplo. Y con esto
queda impresa su fisonomía espiritual más exacta.
Cuando llegó e1 momento de renunciar al nombre que llevó en el
mundo por el de religión, la elección estaba ya hecha por cuantos le conocían,
quienes al referirse a él le llamaban: "El Fray, Humilde”; así que el maestro de
novicios no tuvo más que sancionar de hecho lo que ya era voz de todos. La
humildad la llevaba retratada en el rostro y se le asomaba como sonrisa por los
ojos, parecía personificada en él. ¿Cómo había de llamarse, sino Fray Humilde?
La humildad era como la naturaleza, la substancia de su vida
espiritual, de la que manaban, como el río de la fuente, todas las demás
virtudes seráficas que lo ennoblecían, llegando a ser un modelo de perfección
religiosa. "Fue un religioso ejemplarísimo", decía de él el obispo Fray León
Villuendas, que le conoció; y el santo historiador y mártir, padre Andrés Ivars,
afirmaba que con mayor propiedad podía haberse llamado Fray Ejemplo: "porque lo
era de todas las virtudes". Tan convencido estaba de su pequeñez espiritual y de
que era el último de los hermanos, que vivía de la pobreza de ellos; pues salvo
el hábito que vestía para limosnear por los pueblos, que era tan impoluto y
limpio que daba gozo, los que se ponía para el trabajo campero o de la cocina
eran los que los demás desechaban por inservibles; y a la hora del yantar
comunitario, más exiguo que abundante, él recogía los pequeños roscos de pan
duro y, a veces, enmohecido, que se dejaban los demás, para su pobrísima
refección. Este mismo convencimiento de su pequeñez le llevaba a obedecer no
sólo' las órdenes de los superiores, sino las mínimas sugerencias de los
hermanos, que lo hallaban siembre dispuesto para todo servicio, por bajo y
nauseabundo que fuera.
Pese ala severidad' con que se trataba a sí mismo, no era un fraile hosco y
tristón; al contrario, tenía una santidad riente, alegre, a veces divertida y,
en ocasiones, dicharachera. Era el fraile de la perfecta alegría franciscana,
con una sonrisa serena y perenne en sus labios y en sus ojos, que iluminaba toda
su faz y emborrachaba de gozo su alma. ¡Quién no recuerda sus cantos y sus
danzas ante el Niño de Belén, con transportes de enajenado, que le hacían
aparecer como un simple o un loco! ¡Oh sublime locura, oh santa simplicidad, oh
sonrisa celestial, de sol sin ocaso! Y es que en su alma no había quiebras,
acaso, ni contratiempos. Tal era de santa su vida.
Un día, de vuelta de sus postulaciones por esos mundos de Dios, Fray
Humilde Soria encontró a los vecinos alborotados. La calle de San José conduce
directa y empinadamente al Convento y Colegio de Benissa. Lo que pasa es que un
carretero, más rústico que la rudeza en persona escandaliza y alarma. Subía la
cuesta, empinada mucho, su carro cargado con exceso, como suele suceder, sin
consideración ni respeto a las pobrecitas bestias que han de tirar de los
varales. Atascado, hundido, el carro parecía haber echado raíces hondas en el
suelo, pues no había fuerzas que pudiesen arrancarlo. El carretero, después de
haber agotado todos sus ingeniosos recursos, hecho una furia, castigaba
terriblemente a las bestias.
En el momento más culminante y crítico, llegó Fray Humilde, cuando le dijeron lo
que ocurría, y lo vio por sus propios ojos, llegóse al carretero furifundo, y
dijole con dulzura y suavidad risueña: -Hermano, ¿por qué desesperas? ¿No sabes
que la desesperación enloquece y ciega? ¡Tranquilízate, hombre, tranquilízate!
Yo he sido carretero y sé lo que son carros y carreteras, y atascamientos; sé de
qué pie cojean los animales, y cómo se les ha de tratar para que arranquen, si
pueden. Todos los ojos y todos los oídos estaban fijos y atentos a los gestos y
las palabras del santo Fray Humilde. Este, dirigiéndose al carretero, díjole:
¡Vanos allá! Dame el látigo, retírate unos pasos y mira. ¡Dios proveerá!.
Tomó el látigo y, aprovechándolo como si fuese un cavado de pastor,
púsose a comunicar con las bestias. Acariciándolas con sus manos recobraron la
sensibilidad perdida, la fuerza y hasta el amor propio.
Fray Humilde dio un grito de alarma que puso en tensión a las bestias; hizo
restallar el látigo en el aire y, con rapidez inesperada, asióse a los radios de
la rueda, y repitiendo en tono y voz vigorosa y desconocida, ¡arree! ¡por Dios y
por los Santos! salió el carro de su atolladero, y no paró hasta subir el plano
que se hace junto a la puerta de hierro del Convento, hacia la mano derecha.
Allí paró en seco.
El carretero confuso, aturdido, contrito y humillado, arrojóse a los pies del
siervo de Dios, con lágrimas en los ojos. Fray Humilde, de dijo: ¡No vuelvas a
pecar más; sé bueno; ¡lo maltrates a los animales; el Señor que te bendiga; y
vete en paz! »
SUS TRES AMORES
Me quedo corto al hablar de amores, tres; porque toda su vida, de seglar y de
religioso, fue una constante aspiración a Dios, un deseo de amarle y ser
correspondido. Todas las cosas las refería a El, y en tanto las amaba cuanto le
ayudaban a poseer su gracia. "Todo sea por el amor de Dios" era la jaculatoria
que se oía siempre de sus labios: en los aconteceres adversos y en los momentos
felices. Como el Padre San Francisco, Fray Humilde amaba a todas las cosas: el
frío del invierno, el sofocante calor del verano, el agua, la luz y el aire, el
valle y la serranía, las aves canoras y hasta a los tábanos... Un día en
Onteniente, trabajando en el campito de los frailes, se le clavó en la frente un
tábano que le chupaba la sangre y el sudor. Ni él le estorbó, ni le permitió que
nadie lo hiciera. Por amor de Dios soportó aquel martirio del Hermano Tábano.
Pero concretando amores, tres fueron los que más se le entrañaron en el corazón:
su amor a la Virgen María, a Cristo Crucificado y a Jesús en la Eucaristía.
De María Inmaculada, la más acendrada devoción franciscana, era no sólo un
devoto, fue siempre un enamorado, que la cortejaba con rendida pleitesía. "Ave,
María, purísima" era el saludo que daba a aquellos con quienes se cruzaba; el
mismo saludo acompañaba cuando su silueta espiritual se dibujaba a las puertas
de las casas, limosneando con la alforja al hombro; y esta misma jaculatoria
abría cualquier conversación que sostuviera, y no la iniciaba hasta que su
interlocutor le correspondía, diciendo: "Sin pecado concebida". A su maternal
protección recurría cuantas veces la gente le encomendaba sus necesidades, pedía
la salud' de sus cuerpos, o él deseaba la conversión de un alma. Por esta su
predilección a María, por aquel saludo que pronunciaba centenares de veces al
día y con el que despertaba a los frailes, voceándolo de madrugada, invitándoles
a la oración, éstos se complacían, llamándole: "El Despertador de María".
La devoción de Fray Humilde a Cristo Crucificado arranca desde su niñez. Sin
exageración, la bebió en los pechos de su madre. Oliva entera la ha profesado
siempre hacia su Cristo de la iglesia de San Roque, devota imagen ante la que
hincan sus rodillas todos los apenados, cuantos sienten clavada en su cuerpo o
en su alma una de las espinas. La confianza que por él siente el pueblo es
enorme. Pues bien, El fue el confidente de las cuitas de su siervo. En el retiro
de su capilla, Fray Humilde, de seglar como de religioso, mantuvo con Cristo
largos coloquios. El le manifestó sus designios, los arcanos de su redención.
Según declaraciones juradas, el Cristo lloró, sudó sangre y le habló muchas
veces. Tenía tan entrañado en el alma este su piadoso amor a Cristo paciente -a
su Cristo- que en el momento de su muerte; cuando ya los religiosos le
amortajaban en Benisa, por un don divino de bilocación, se le vio entrar de
madrugada en la iglesia e ir directo a la capilla de sus secretos, para hacer
esta última visita de despedida al "Cristo de San Roque". Todo cuanto tenía
relación con la pasión y muerte del Señor atraía su piedad. Cuando en los
conventos donde moró se celebraba el viacrucis comunitario todos los viernes,
era él quien llevaba el gran crucifijo, que procesionaba de estación en
estación; y con tanta devoción, amor y reverencia lo hacía que movía la piedad
de todos.
De amor a la Eucaristía está llena su vida. Ante el sagrario se pasaba
inmóvil, como arrobado, largas horas de la noche y hubo veces que allí le
amaneció el día. Esto lo sabían los religiosos; y unos, por curiosidad, le
espiaban, pero otros por devoción le acompañaban largo rato. La gente sabía que,
acudiendo a Fray Humilde como intercesor ante Dios, éste encontraba en el
sagrario el remedio de todo lo que se le encomendaba. Hasta los superiores. Se
hallaba de morador en Benisa, precisamente encargado de la despensa del Colegio,
cuando un día faltó el pan a la hora de comer. Fray Humilde acudió al superior,
padre Conrado Arnau. Este le contestó: "Ya sabe que en la Casa hay Alguien que
puede más que yo. Vaya y pídaselo". Fray Humilde se postró ante el sagrario y, a
poco de orar, tocaron a la puerta, trayendo una limosna copiosa de pan. El hecho
se repitió en otros conventos donde vivió. Jamás comulgó sin una cuidadosa
preparación y una detenida acción de gracias; y siempre le decía: "Señor, quiero
ser trigo molido, como harina de la que se hace la Eucaristía". Y a fe que el
Señor se lo otorgó, mortificando su cuerpo y triturando su espíritu, en
beneficio de cuantos se le encomendaban.
EPILOGO
POR LOS CAMINOS DE FRAY HUMILDE,
HACIA DIOS
La persona de nuestro siervo de Dios fue en vida y tras su muerte -acaecida el
26 de febrero de 1905 en Benisa, a los 61 años de edad- un atrayente ejemplo de
espiritualidad, que ha movido siempre a las almas, con ansias de Dios, a seguir
sus pasos por el camino luminoso y esperanzador de la perfección religiosa. Fue
su alegre y sencilla manera de vivir la virtud, de adquirir la santidad, la que
movió a tantos mozos y doncellas a dejar el mundo y entrar en un monasterio. De
su propia familia siguieron la vocación religiosa nada menos que diez sobrinos y
sobrinas, más otros parientes y no pocos hijos de amigos, confesando todos ellos
que debían su vocación al impacto que la vida de Fray Humilde había hecho en sus
almas. Como de trigo, y trigo candeal, del bueno, fue la cosecha de
espiritualidad que produjo su espiga. Y Dios sabe que es verdad, que cuantos
leen su vida se ven movidos a la piedad y al amor de Dios.
RAFAEL ALVENTOSA GARCIA
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