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Se celebrará el 11 de febrero
CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 21 enero 2008. Mensaje de Benedicto XV con motivo de
la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebrará el 11 de febrero de 2008, con
eje central el Santuario de Lourdes, en el 150 aniversario de las apariciones de
la Virgen.
¡Queridos hermanos y hermanas!
1.
El 11 de febrero, conmemoración de la Beata María Virgen de Lourdes, se celebra
la Jornada Mundial del Enfermo, ocasión propicia para reflexionar en torno al
sentido del dolor cristiano y sobre el deber cristiano de ocuparnos de él bajo
cualquier situación que se presente. Dicha significativa celebración está
relacionada este año con dos acontecimientos importantes para la vida de la
Iglesia, como lo manifiesta claramente el tema escogido «La Eucaristía,
Lourdes y el cuidado pastoral de los enfermos»: el 150°
aniversario de las apariciones de la Inmaculada en Lourdes y la celebración del
Congreso Eucarístico Internacional en Quebec, Canadá. De este modo, se brinda
una oportunidad especial para considerar la estrecha relación que existe entre
el Misterio eucarístico, el papel de María en el proyecto salvífico y la
realidad del dolor y del sufrimiento humano.
Los 150 años de las apariciones de Lourdes nos invitan a dirigir nuestra mirada
hacia la Virgen Santísima, cuya Inmaculada Concepción constituye el don sublime
y gratuito de Dios a una mujer, a fin de que adhiriese totalmente a los
designios divinos con una fe firme e inquebrantable, no obstante las pruebas y
los sufrimientos que habría tenido que afrontar. Por esta razón, María es modelo
de abandono total a la voluntad de Dios: acogió en su corazón el Verbo eterno y
lo concibió en su seno virginal; se fió de Dios y, con el alma atravesada por la
espada del dolor (cfr Lc 2,35), no vaciló en compartir la pasión de su
Hijo renovando en el Calvario a los pies de la Cruz el «sí» de la Anunciación.
Meditar sobre la Inmaculada Concepción de María es, pues, dejarse atraer por el
«sí» que la unió admirablemente a la misión de Cristo, Redentor de la humanidad,
y dejarse tomar y guiar de la mano por Ella, para pronunciar también nosotros el
«fiat» a la voluntad de Dios con toda nuestra existencia entretejida de
gozos y tristezas, de esperanzas y desilusiones, con la convicción de que las
pruebas, el dolor y el sufrimiento enriquecen de sentido nuestra peregrinación
en la tierra.
2.
No se puede contemplar a María sin ser atraídos por Cristo y no se puede mirar a
Cristo sin advertir de inmediato la presencia de María. Existe un vínculo
inseparable entre la Madre y el Hijo generado en su seno por obra del Espíritu
Santo, y este vínculo lo advertimos, de modo misterioso, en el Sacramento de la
Eucaristía, tal como lo han puesto de relieve los Padres de la Iglesia y los
teólogos. «La carne nacida de María, que viene del Espíritu Santo, es el pan
que ha descendido del cielo», afirma san Hilario de Poitiers, mientras que en el
Sacramentario Bergomense del siglo IX leemos: «Su seno ha hecho florecer un
fruto, un pan que nos ha llenado de un don angelical. María ha restituido a la
salvación lo que Eva había destruido con su culpa». Del mismo modo, Pier Damiani
observa: «El cuerpo que la Beatísima Virgen generó y nutrió en su seno con
cuidado materno, ese cuerpo digo, sin duda y no otro, ahora lo recibimos del
sagrado altar, y bebemos la sangre como sacramento de nuestra redención. Esto
cree la fe católica, esto enseña fielmente la santa Iglesia». El vínculo de la
Virgen Santa con su Hijo, Cordero inmolado que quita los pecados del mundo, se
extiende a la Iglesia Cuerpo místico de Cristo. María - afirma el Siervo de Dios
Juan Pablo II - es «mujer eucarística» con toda su vida por lo que la Iglesia,
contemplándola como su modelo «está llamada a imitarla también en su relación
con este Misterio santísimo» (Enc. Ecclesia de Eucharistia, 53). En esta
óptica se comprende aún más porqué en Lourdes al culto de la Beata Virgen María
se une un fuerte y constante llamado a la Eucaristía mediante celebraciones
eucarísticas cotidianas, con la adoración del Santísimo Sacramento y la
bendición de los enfermos, que constituye uno de los momentos más fuertes cuando
los peregrinos se detienen en la gruta de Massabielle.
La
presencia en Lourdes de numerosos peregrinos enfermos y de voluntarios que los
acompañan nos ayuda a reflexionar sobre la solicitud materna y tierna que la
Virgen manifiesta hacia el dolor y el sufrimiento del hombre. Asociada al
Sacrificio de Cristo, María, Mater Dolorosa, que a los pies de la Cruz
sufre con su Hijo divino, es sentida cercana especialmente por la comunidad
cristiana que se reúne alrededor de sus miembros que sufren, los mismos que
llevan consigo los signos de la pasión del Señor. María sufre con los que están
en la prueba, con ellos espera y es su consuelo sosteniéndolos con su ayuda
materna. ¿No es quizá verdad que la experiencia espiritual de muchos enfermos
anima a comprender cada vez más que «el divino Redentor quiere penetrar en el
ánimo de todo paciente a través del corazón de su Madre Santísima, primicia y
vértice de todos los redimidos»? (Juan Pablo II, Carta. ap. Salvifici doloris,
26).
3.
Si Lourdes nos lleva a meditar en el amor materno de la Virgen Inmaculada por
sus hijos enfermos y los que sufren, el próximo Congreso Eucarístico
Internacional será ocasión para adorar a Jesucristo presente en el Sacramento
del altar, a El confiarnos como Esperanza que no defrauda, El acoge como
medicamento de la inmortalidad que sana el físico y el espíritu. Jesucristo ha
redimido el mundo con su sufrimiento, con su muerte y resurrección y ha querido
permanecer con nosotros como «pan de la vida» en nuestra peregrinación terrena.
«La Eucaristía don de Dios para la vida del mundo»: este es el
tema del Congreso Eucarístico y subraya que la Eucaristía es el don que el Padre
hace al mundo de su Hijo unigénito, encarnado y crucificado. Es El que nos reúne
alrededor de la mesa eucarística, suscitando en sus discípulos una amorosa
solicitud por los que sufren y los enfermos, en los cuales la comunidad
cristiana reconoce el rostro de su Señor. Como he manifestado en la Exhortación
apostólica post-sinodal Sacramentum caritatis, «nuestras comunidades,
cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el
sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo
el que cree en Él a hacerse ‘pan partido' para los demás» (n. 88). De este modo
estamos animados a comprometernos en primera persona para servir a los hermanos,
especialmente a los que se encuentran en dificultad, ya que la vocación de cada
cristiano es ser realmente, con Jesús, pan partido por la vida del mundo.
4.
Por consiguiente, es claro que precisamente de la Eucaristía la pastoral de la
salud debe obtener la fuerza espiritual que necesita para socorrer eficazmente
al hombre y ayudarlo a comprender el valor salvífico de su sufrimiento. Como
escribió el Siervo de Dios Juan Pablo II en la Carta apostólica Salvifici
doloris, la Iglesia ve en los hermanos y en las hermanas que sufren como un
sujeto múltiple de la fuerza sobrenatural de Cristo (cfr n. 27). Unido
misteriosamente a Cristo, el hombre que sufre con amor y se abandona dócilmente
a la voluntad divina se convierte en ofrenda viviente por la salvación del
mundo. Mi amado Predecesor afirmaba también que «cuanto más se siente amenazado
por el pecado, cuanto más pesadas son las estructuras del pecado que lleva en sí
el mundo de hoy, tanto más grande es la elocuencia que posee en sí el
sufrimiento humano. Y tanto más la Iglesia siente la necesidad de recurrir al
valor de los sufrimientos humanos para la salvación del mundo» (ibid.).
Por tanto, si en Quebec se contempla el misterio de la Eucaristía don de Dios
para la vida del mundo, en la Jornada Mundial del Enfermo, en un ideal
paralelismo espiritual, no sólo se celebra la efectiva participación del
sufrimiento humano en la obra salvífica de Dios, sino en cierto sentido se
pueden gozar los preciosos frutos prometidos a los que creen. De modo que el
dolor, acogido con fe, se convierte en la puerta para entrar en el misterio del
sufrimiento redentor de Jesús y para llegar con El a la paz y a la felicidad de
su Resurrección.
5.
Al mismo tiempo que dirijo mi saludo cordial a todos los enfermos y a los que de
muchos modos se ocupan de ellos, invito a las comunidades diocesanas y
parroquiales a celebrar la próxima Jornada Mundial del Enfermo valorando
plenamente la feliz coincidencia entre el 150º aniversario de las apariciones de
Nuestra Señora en Lourdes y el Congreso Eucarístico Internacional. Sea una
ocasión para subrayar la importancia de la santa Misa, de la Adoración
eucarística y del culto de la Eucaristía, de modo que las Capillas en los
Centros sanitarios se conviertan en el corazón pulsante en el que Jesús se
ofrece incesantemente al Padre por la vida de la humanidad. También la
distribución de la Eucaristía a los enfermos, hecha con decoro y espíritu de
oración, es una verdadera consolación para el que sufre por las aflicciones de
toda enfermedad.
La
próxima Jornada Mundial del Enfermo constituya también una circunstancia
propicia para invocar de modo especial la protección materna de María a los que
están probados por la enfermedad, a los agentes sanitarios y a los agentes de la
pastoral sanitaria. Pienso de modo especial en los sacerdotes comprometidos en
este campo, en las religiosas y en los religiosos, en los voluntarios y en todos
los que con eficaz entrega sirven, en el cuerpo y en el alma, a los enfermos y a
los necesitados. Confío todos a María, Madre de Dios y Madre nuestra, Inmaculada
Concepción. Ella ayude para que cada uno atestigüe que la única respuesta válida
al dolor y al sufrimiento humano es Cristo que, resucitando ha vencido la muerte
y nos ha donado la vida que no conoce término. Con estos sentimientos, de
corazón imparto a todos una especial Bendición Apostólica.
Desde el Vaticano, 11 de enero de 2008.
Benedictus PP. XVI
CRIST PRESENT EN
LES CASES
Per Déu es poden fer moltes coses,
però una de les més importants i gratificant és ser portador del mateix Crist
per als altres.
Esta és l'experiència que tenen
els que desenvolupen en la parròquia la tasca de ser ministres extraordinaris de
la comunió.
Els veiem actuar en moltes de les
nostres eucaristies, ajudant al sacerdot en el repartiment de la comunió i
col·laborant en l'organització de la litúrgia.
Des del principi de l'Església els
laics han jugat un paper fonamental com a auxiliars dels sacerdots. L'Evangeli
ens parla que van estar prop de Jesús hòmens i dones auxiliant-lo contínuament,
primer els deixebles, després els apòstols i ara amb l'esdevindre del temps, els
laics. La seua participació dins de l'Eucaristia representa una expressió de
servici i de santificació.
Però el verdaderament important
dels ministres extraordinaris de la comunió, no és la seua col·laboració en
l'Eucaristia, sinó la seua labor pastoral en les cases dels malalts i ancians.
Portar la Comunió als malalts és
una de les pràctiques més antigues de l'Església. És un gest de fe que manifesta
el vincle d'unió i solidaritat entre la comunitat cristiana i els membres
absents que no poden assistir a l'assemblea eucarística. Un membre d'esta -el
sacerdot o el ministre extraordinari de la comunió- els porta la Paraula i del
Pa de Vida compartits en l'assemblea. D'esta manera, els malalts són alimentats
en la seua fe i romanen units a la comunitat.
Els malalts, ancians, minusvàlids
o accidentats, en la seua condició de batejats, participen en el patiment
pasqual de Crist des del seu dolor, soledat o desemparament. Per a ells, rebre
l'eucaristia, memorial de la mort redemptora del Senyor, pot ser la millor ajuda
per a alimentar el seu esperit i combregar en els patiments de Crist.
La comunitat cristiana, enviant la
comunió als que es veuen allunyats transitòriament de l'assemblea eucarística,
expressa de manera viva una comunió eclesial que no ha de trencar-se ni
debilitar-se per l'allunyament físic d'un determinat moment.
Per la seua banda, rebre la
comunió enviada per la comunitat cristiana els fa als malalts sentir-se membres
vius de l'Església i els permet experimentar de manera concreta la seua
proximitat.
Quan les persones no poden
acostar-se elles mateixes a rebre a crist-eucaristia, són els ministres
extraordinaris de la comunió els que ajuden al sacerdot en esta valuosa missió.
Crist es fa present en les cases i es convertix en la millor ajuda enfront de la
falta de salut.
És Crist mateix qui visita nostres
cases, vol acompanyar i consolar al què passa per la prova de la malaltia i la
incapacitat física.
No hem de desaprofitar, ni deixar
sense este auxili diví, als que més necessiten d’ell.
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